Dic 27, 2022 / 09:54

Los ángeles caídos

Crónicas Ausentes

Lenin Torres Antonio

Rupturas y contra rupturas, el símbolo de nuestros tiempos, a toda ruptura por un agotamiento del modelo social y político, aparece por regla general, una contra ruptura o contrafuerza que resiste hasta lo imposible, dejando una estela de ideales muertos, formas descompuestas, modales civilizados congelados, exclusivos para los rituales al compartir los alimentos, e incluso, el “sí mismo” se desfigura en rostros compungidos y deformados por frustraciones y excesiva de sed de poder. Llega el caso, que no hay tiempo para elaborar narrativas como antítesis a la narrativa victoriosa, y se refugian en “la palabra cosa”, mecanismo psicológico como sustituto de lo simbólico, no hay inteligencias que elaboren nuevas narrativas, y para ello, deben apelar a palabras que representen, cuando menos en su reducida representación de “lo real”, tácitamente, “golpes demoledores” para desacreditar la cadena de significantes vigentes.

La política atrapada en la compulsión a la repetición, alejadísima del origen del concepto que representó “los bienes de la ciudad”, y el acto ético del “buen gobierno”, se petrifica como instrumento perverso del mantenimiento del poder. Así vemos, por un lado, el acto político apelando a los ideales griegos de “la polis”, la educación para la vida en la ciudad, la “cosa pública”; y por el otro lado, sumida en la esclavitud de la razón a la voluntad, a los humores, por eso, la razón pura” es incompatible con la política y el poder público, pues la política parte de la “razón pura” como narrativa argumentativa para inmediatamente operar autónomamente como “razón práctica”.

Este salto cualitativo se puede traducir como el nacimiento del “poder puro”, que se caracteriza por construir un andamiaje de auto referenciaciones, que posibiliten su permanencia en el tiempo a través del entrelazamiento de sujetos necesarios que manejan una misma narrativa argumentativa ahora dogmas inmanentes del “poder puro”, así vemos deslizarse la política desde esa “razón pura” en su origen, hacia la “razón práctica” como subsistencia del proceso que siempre se intenta que sea ad infinitum, el salto revolucionario que marca toda ruptura de un proceso del “poder puro” nunca conserva como trasfondo los contenidos de la “razón pura”, más que como retórica translingüística perdiendo toda coherencia argumentativa, predomina el “flatus vocis” y se determina desde ahora para siempre un intento infructuoso de conjuros del lenguaje a manera de exorcización, sacando “los demonios ocultos” para introducir los “otros demonios”.

No es fortuito que desde hace más de 2000 años seguimos con los conceptos que nos heredó el mundo griego sobre lo público y lo privado, y hace 337 años, con la superestructura teórica, como único sistema filosófico de la naturaleza humana, la ilustración; con ese reducido número de conceptos, democracia, libertad, derecho, igualdad, tolerancia, estado, racional-irracional, felicidad, bueno-malo, hemos compuesto nuestra escena trágica que hoy luce con todo esplendor sus contradicciones, y los mitos que nos pedía que desconfiáramos Nietzsche, nos hacen vernos patéticos y extraviados, y neceamos en barajarlos para volver a “creer” en lo humanos y sentirnos dueños de nuestro destino.

La política, el supuesto instrumento para organizar la vida en sociedad, se descara y presenta su verdadera dimensión opresora, pues no es otra cosa que el arte de cómo conservar el poder y perpetuar al “macho dominante” en la cima de la pirámide del poder, éste puede ser singular como plural, dictador democrático, clase política dominante, rey democrático, o sistema ideológico de un único partido. Los exabruptos de la geopolítica sitúan a Occidente en su rezo oscurantista democrático, y a Oriente, lo descarna en su dimensión del poder por el poder. Ni la primera ha sido suficiente para crear un mundo no entrópico, y la segunda, apuesta por la entropía como catecismo político.

El todo se refleja en sus partes y las partes reflejan la plenitud de la totalidad, no hay forma de ocultar esa ley, ni forma de cambiarla por la singularidad universal del caos de las partes individuales. Desearía que no fuese así, desearía volver a creer en los mitos constitutivos pero la razón crítica no admite dogmas ni absolutos.

Partir de “lo relativo” como el punto de sanación desde donde debe brotar toda experiencia humana, cuando menos resultaría menos traumático nuestro nacimiento a la consciencia de sí y del otro. Pero no, insistimos en volver por nuestros mismos pasos para recrear eso que nos unió y nos hizo vernos como hermanos, o cuando menos, “el otro” importaba en la medida que representaba un refugio a nuestra soledad y a nuestro solipsismo ontológico.

Somos los seres ontológicamente solos, no hay manera que “el otro” vea con nuestros propios ojos, cuando menos sin obligarnos a ver lo que “el otro” ve, ni que existamos a través del “otro”, cuando menos si nuestros cuerpos dejan la sensación por la ficción de la completud en la muerte provisional.

He pensado que hubo un momento mítico que nos dejamos de “tomar de las manos” y no nos dimos cuenta, creíamos que la sensación de la calidez de la mano del “otro” era eterna, y pensamos que seguíamos tomados de las manos, sin saber hicimos de la ficción realidades, y construimos un mundo artificial donde fuéramos diferentes a las lechuzas, los ciervos y jabalís, construimos leyes alejadas de las de la naturaleza, e invadir territorios ajenos, y nos convertimos en la especie dominante.

La obra del hombre la creíamos completada, que ningún guión faltaba para describir “qué somos”, pero también ocultamos nuestras limitaciones sensoriales, con un telescopio creímos ver más que el águila y el camarón mantis, y si algo nos faltaba lo suplimos con la imaginación del cómic o el séptimo arte, y ahora con el mundo digital. Parecía que todo había estado a nuestros pies, y nos perdimos en el lenguaje, aunque la red de significantes sea limitada.

La cruzada por los lugares santos a Occidente le permitió estar pasos delante de las demás civilizaciones, y la colonización usando sus instrumentos conceptuales y místicos, la evangelización judeo-cristiana y la ilustración, fueron fundamentales para el dominio del mundo. Pero escogimos, si es que pudimos hacerlo, a los ascetas como nuestros guías y líderes.

Hoy cuando todo está de cabeza retumban las fuerzas de las armas y esas vociferaciones pedantes de nuestras peroratas ilustradas se oyen como cuchicheos y murmullos lejanos de otros tiempos, también lejanos, volvemos apelar a nuestros mitos constitutivos, el derecho, la democracia, la igualdad, parados encima de un montón de muertos, los que la solución final de occidente causó, como por las guerras mundiales y regionales de los reacomodos de los nuevos órdenes mundiales.

La discusión sobre el maridaje entre política y economía que nos negamos a su divorcio, que quizás nunca contrajeron nupcias, pues el sistema neoliberal fue un falso cura que ofició una boda ilegal, pasó a segundo plano. Ahora la fuerza bruta (el poder puro) que usó a la razón para inventar armas que te matan sin que te des cuenta, cómo unos soldados en la trinchera sin darse cuenta que un dron los observa y manda las coordenadas para que un obús los impacte sin que se dieran cuenta.

La guerra de Ucrania, el caso surrealista de la puesta en escena de una obra que la simpleza de su argumento anuncia su trágico final, todos sabíamos que esos 120000 ucranianos (y mercenarios) muertos y otros menos rusos pudieron estar vivos entre nosotros, pero el cómico Zelenski no lo sabía, pese a que los satélites estadounidenses enviaban la información de la acumulación de tropas rusas en la frontera de Ucrania en tiempo real, y la amenaza del eslavo Putin era cierta que no permitiría su entrada a la OTAN, pues significaba tener en la frontera más grande con occidente, misiles dirigidos a Moscú.

Hace casi de un año de la invasión de Rusia a Ucrania, y vemos los resultados de la invasión, una Ucrania desbastada, una Europa sumida en la incertidumbre a expensa de la protección del Tío Sam, y todavía vemos morir a más seres humanos por la “democracia y la libertad”, a un Zelenski ordenando a sus tropas como lo hacía Hitler al final de la 2ª Guerra Mundial, no retroceder y ser mártir de sus ideales y honor. ¡Por mi patria hablará mi espíritu!

Y los ideales ilustradas han servido para la explotación, la esclavitud, y para el exterminio, las ordenes de occidente han sido claras, desgastar al enemigo eslavo ruso, y para ello, tienen que sacrificar a Ucrania, y se valieron de un fanático nacionalista, que no dudo en someterse a los órdenes del imperio occidental, Ucrania pone los muertos, sus ciudades y pueblos, y occidente las armas, no importa la diplomacia, por eso no duda el imaginario colectivo estadounidense tratar a Zelenski como el héroe esperado, y producirle Netflix, en plena guerra, un documental al puro estilo estadounidense, enviando a David Letterman a Kiev a realizar la entrevista a Zelenski, y preparar en una parte del Metro de Kiev, como un plató con todas las característica de un programa en vivo, hasta con público, chistes, y preguntas a modo para que se luzca Zelenski. Y arriba del metro, suenen las alarmas de posibles bombardeos rusos, necesario escenario para hacer más creíble e interesante la entrevista a Zelenski, y éste como “pez en el agua”, se desenvuelve como todo actor que siempre ha sido, justificando el sufrimiento y los miles de muertos ucranianos por lo viejos y desgastados ideales ilustrados, la libertad, la democracia y el derecho.

Y no contentos con esa patético y trágico documental de Netflix de Zelenski, el new héroe occidental viaja personalmente a los EEUU a pedir más armas y es recibido en el parlamento estadounidense como un personaje histórico, y no como la marioneta que es de los intereses del imperio norteamericano, me recuerda cuando recibieron a Guaidó, el personaje que inventaron para destruir al gobierno chavista de Maduro de Venezuela, y que al poco tiempo ha pasado al olvido según los intereses del Imperio, ya veremos a dónde queda Zelenski cuando ya no le sirva al Imperio Norteamericano.

Cuantas barbaridades hemos hechos los humanos por nuestras ficciones, por separar el nomo de la physis,

cuánto sufrimiento nos hemos infligidos por nuestros ideales ilustrados, y continuamos haciéndolo, cuán torpes y débiles somos al pretender estar por encima de la biología, pero las sombras de la caverna ahora son más aterradoras, y la inmensidad que rebasa nuestros sentidos nos hace refugiarnos en nuestros barrotes de las marcas de nuestros cuerpos.

Descanse en paz la civilización occidental.

Diciembre de 2022.

CD/YC

* Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Cambio Digital.

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