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VIERNES 24 DE JUNIO

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May 27, 2022 / 09:19

Que los políticos vayan a la escuelita 

Un asunto cuyo estudio ha cobrado relevancia en los últimos tiempos, es el de la profesionalización de la política. Esto se debe, en gran medida, a dos circunstancias: el desarrollo en el mundo del trabajo del concepto de profesión, y el avance de la democracia representativa en sociedades cada vez menos segmentadas. Es un hecho evidente que el número de hombres y mujeres que tienen a la política como profesión habitual, ha crecido enormemente en los últimos años. El impulso de diferentes instituciones en el proceso de expansión de la democracia representativa, ha hecho posible este escenario, donde la política conjuga más que nunca las dos máximas weberianas de vivir "para" ella y de vivir "de" ella. La partidización de la política, el desarrollo de esquemas descentralizadores, y la creación de instancias supranacionales, conllevan un notable incremento de puestos por los que compiten quienes entran en la política, y hacen posible que la misma se convierta en una actividad de por vida. En este marco, no es inimaginable la existencia de carreras longevas que moldean los supuestos básicos de la representación política, de manera que se genera de manera inevitable una tensión entre los políticos como representantes y como gestores. La profesionalización se constituye, así, en un hecho dado.

Este nuevo escenario supone un reto intelectual para el estudioso, quien además se erige en una suerte de reivindicador de las investigaciones que se centran en el retorno del actor. Las instituciones han supuesto un centro de atención muy relevante en las últimas décadas; su conceptualización en reglas tanto formales como informales, ha tenido un éxito notable en la interpretación y explicación de la realidad política. Sin embargo, las instituciones funcionan en la medida en que existen individuos: aquéllas moldean el comportamiento de éstos, imponiéndoles restricciones y dándoles incentivos; pero a su vez los actores modifican la configuración y el sentido de las instituciones. Por otra parte, los individuos desarrollan relaciones entre ellos que configuran redes que se convierten en recursos adicionales.

La pretensión de este retorno al actor debe tener en cuenta dos aspectos de sumo interés. El primero se refiere a la exigencia de no dejar de lado la relación existente entre el político y el régimen en el que se mueve, tanto en el momento presente como en relación con los legados históricos que pudieran existir. Políticos que iniciaron su carrera bajo dictaduras, se mueven después en escenarios democráticos en los que proyectan sus legados del pasado. El segundo tiene que ver con el significado del término profesional en distintos momentos y lugares. Es un lugar común de la hora presente ligar a este término las ideas de dedicación, remuneración adecuada, competencia en ciertas habilidades y fijación de determinadas tareas de acuerdo con lo estipulado por las leyes y la práctica política.

Hoy, los profesionales de la política están en buena medida presentes en los partidos, desde los que saltan a los espacios de representación. La relación entre ambos no deja de ser compleja y en ocasiones uno impone su designio al otro. El modelo ideal de democracia representativa ha enfatizado la idea de que los políticos son reclutados, formados y proyectados hacia las instituciones por los partidos; pero esto no siempre es así. La propia dinámica democrática, junto con otros factores de índole social, cultural o económica, posibilita modelos diferentes en los que los políticos pueden configurar carreras independientes. Pero en ambos casos, y a pesar de su amplia y reiterada connotación negativa en medios populares, la lógica de la profesionalización no deja de estar presente.

CD/YC

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