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Feb 22, 2021 / 09:45
Abuela
Celestina Lang*
Abuela
Hacía una semana que papá se había ido, cuando mamá nos dio la noticia.

Estábamos los cuatro sentados alrededor de la mesa, cenando, si es que puede considerarse cena a unas tostadas quemadas con un poco de queso, que era todo lo que quedaba en la heladera y las alacenas. Mamá ocupaba su lugar de siempre, junto a Lalo. Claudina y yo frente a ellos. Comíamos en silencio, masticando despacio y con desgano los desabridos pedazos de pan, menos mamá, que jugaba con un vaso, haciendo bailar adentro a un líquido oscuro. En la cabecera, el lugar de papá, estaban puestos el plato y los cubiertos, y resultaban una presencia molesta que atraía nuestras miradas y nos cerraba la garganta.

Los primeros días preguntamos dónde está papá, y mamá cada vez decía lo mismo, ya va a venir. Pero papá no venía y nosotros empezamos a pensar que era probable que no volviera más.

Finalmente, mamá se levantó, luego de vaciar de un trago su vaso y apoyarlo con fuerza sobre la mesa. Agarró el plato del papá fantasma y lo arrojó contra la pared. Claudina y yo no dijimos nada, solamente la miramos, entre asustadas y sorprendidas, pero Lalo comenzó a llorar. Entonces fue cuando mamá habló, mandó a callar a mi hermano menor y dijo “mañana van a conocer a su abuela”.

Ni siquiera sabíamos que teníamos abuela. Mamá nunca había hablado de su familia, y, a mis cortos años, me preguntaba varias veces por qué no teníamos ni tíos, ni primos, ni otros parientes. Sólo conocíamos la existencia de un hermano de papá, que vivía lejos, en otro país. En algún momento su foto había estado en un portarretrato del comedor, pero de eso hacía muchísimo tiempo y yo solo tenía una imagen borrosa en blanco y negro de un hombre de barba con sombrero.

A la mañana siguiente, mamá nos levantó temprano. Nos hizo vestir con la ropa más nueva y salimos los cuatro en el auto. A mamá no le gustaba manejar y parecía que siempre estaba a punto de chocar con los demás autos, que le tocaban bocina y le gritaban cosas. A Claudina eso la divertía, a mí me daba mucha vergüenza.

Luego de una hora de viaje, llegamos a un barrio tranquilo, de casas escondidas detrás de enormes portones y paredones de ligustros. Mamá detuvo el auto frente a una casa de paredes rosas y aberturas verdes, con un enorme jardín adelante. Se acomodó el maquillaje mirándose en el espejo retrovisor y nos dijo que bajáramos. En la vereda, alisó nuestra ropa y nos ordenó ir tras ella.

La mujer que abrió la puerta tenía el cabello blanco, recogido en un enorme rodete, y estaba toda vestida de negro.

Tenía cara de enojada. Cuando vio a mamá, abrió los ojos y se echó hacia atrás. Mamá nos dijo que fuéramos a ver las plantas del jardín. Desde lejos, la veíamos hablar haciendo gestos, mientras la mujer sacudía la cabeza. Después nos llamaron y pasamos a la casa.

La mujer resultó ser la abuela. Ella y mamá se sentaron en los sillones de un enorme living, mientras nosotros nos quedamos de pie sin saber bien qué hacer. La abuela se puso unos lentes y nos miró, como si fuéramos un cuadro o unas estatuas en exposición.

—A ver, la del medio —dijo al fin, señalando a Claudina.

Estiraba la mano hacia mi hermana, como invitándola a acercarse, pero ella no se movía, solamente apretaba mi brazo con tanta fuerza que, por un momento, tuve que dejar de respirar para no gritar.

Fue mamá, entonces, la que se levantó y se acercó a nosotros, y, de un tirón, llevó a Claudina frente a la abuela, que le hizo dar una vuelta mientras la seguía estudiando. Las mejillas de mi hermana estaban coloradas, parecía que en cualquier momento iba a llorar.

Mamá comenzó a decir algo de vivir todos allí por un tiempo, hasta que pudiera acomodarse, conseguir un trabajo y no sé qué más, porque la sola idea de tener que mudarnos a esa casa, con esa abuela con cara de mala, me resultó tan espantosa que fui yo la que tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar y dejé de escuchar lo que decía.

La abuela se sacó los lentes y se levantó. Era alta, muy alta. Tenía la piel clarita y llena de manchas oscuras, los ojos chiquitos y verdes, igualitos a los de mamá, pero su cara daba miedo. De pronto, comenzó a reír. Abrió su boca y dejó escapar una carcajada que nos lastimó los oídos y nos puso la piel de gallina. Sus dientes eran como colmillos.

—Solamente podría quedarme con ésta. Es la única que parece que vale la pena —dijo, apoyando con fuerza sus manos en los hombros de Claudina, los dedos como garras—. Si me la dejás, yo me encargo de todo. Los otros dos son muy negritos, seguro que salieron al padre.

Sin pensarlo demasiado, corrí y agarré a Claudina de la mano. Tiré de ella para separarla de la abuela y busqué el brazo de Lalo. Los tres corrimos fuera de la casa. Nos quedamos junto al auto, abrazados y temblando un poco.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que mamá finalmente vino. A mí, me pareció demasiado.

Sin decir nada, subimos al auto y ella lo puso en marcha. Anduvimos despacio por las calles desiertas hasta llegar a una plaza llena de árboles, con una fuente en el centro y hamacas y toboganes. Mamá detuvo el auto y nos dijo que nos bajáramos. Los cuatro corrimos descalzos sobre el pasto, nos columpiamos y nos tiramos panza arriba a buscar formas en las nubes. Cuando oscureció, volvimos a casa.
A la abuela, no la volví a ver nunca más.

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*Celestina Lang (La Pampa, Argentina, 1973), abogada (Universidad de Buenos Aires) y operadora en psicología social. Ha publicado cuentos en la revista “Campo grupal”, números 107, 108 y 120 (año 2008 y 2010) y participa en talleres de escritura creativa.


CD/YC

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