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May 24, 2019 / 05:51
Las tres preguntas, una historia sobre el valor del presente
Las tres preguntas, una historia sobre el valor del presente
Esta es una historia sobre el valor del presente que escribió León Tolstoi y que adaptamos para nuestros lectores. Nos cuenta que en un lejano imperio había un soberano que quería gobernar con justicia y sabiduría a su pueblo. Como no tenía experiencia, pensó que lo mejor era consultar con los más sabios sobre aspectos esenciales.

Estuvo un buen tiempo pensando, hasta que creyó encontrar las tres preguntas que reunían todo lo que era relevante para sus tareas de gobierno. Estas eran:

¿Cuál es el mejor momento para realizar una actividad?
¿Quién es la persona fundamental en el trabajo?
¿Qué es lo más importante de cada momento?

De inmediato ordenó que se publicara un edicto con los tres interrogantes. Quien pudiera responder a las tres preguntas recibiría una jugosa recompensa. Cuenta esta historia sobre el valor del presente que en poco tiempo los intentos de respuesta se sucedieron.

“El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente”.
-Gustave Flaubert-

Las primeras respuestas a los interrogantes

Los servidores del palacio tuvieron mucho trabajo. De todas partes llegaban súbditos que querían responder las tres preguntas y ganar la recompensa. El emperador los fue recibiendo, y también despidiendo, uno a uno. No le satisfacía lo que le decían.

Algunos le hablaban de la importancia de planificar muy bien su tiempo. Otros le señalaban la importancia de constituir una corte de sabios para que le aconsejara. También hubo quien le recomendó rodearse de magos y adivinos.

Cuenta la historia sobre el valor del presente que por fin uno de los criados del palacio se acercó al soberano. Le dijo que había oído hablar de un ermitaño que habitaba en las montañas al que muchos consideraban sabio. Sin embargo, solo atendía a personas pobres, ignorando a los ricos.

La visita al ermitaño

El emperador se vistió de campesino y emprendió camino acompañado de su escolta. Poco antes de llegar a la casa del ermitaño les pidió a sus hombres que lo esperaran, escondidos entre los matorrales. Llegó hasta donde estaba el hombre sabio y vio que era muy anciano. Aún así, estaba labrando la tierra.

Sin perder tiempo lo saludó y enseguida le hizo las tres preguntas, pero el anciano no respondió. Seguía en su ardua labor, aunque se veía muy cansado. El emperador sintió compasión y le ofreció su ayuda. Aunque no estaba acostumbrado a ello, realizó la labranza que estaba pendiente.

Ya en la noche, agotado, volvió a formularle las preguntas al anciano, pero este guardó silencio. De pronto, de los matorrales salió un hombre que apenas podía sostenerse. Cayó junto a los dos. Tenía una profunda herida en el vientre. Cuenta la historia sobre el valor del presente que el emperador lo tomó en brazos y lo llevó a la cabaña del ermitaño.

Una gran sorpresa

El eremita y el emperador se turnaron durante toda la noche para atender al herido. Lograron detener la hemorragia y entonces el soberano cayó rendido en la cama. Al despertar, sin saber por qué, se sintió muy bien. A su lado estaba el herido, con lágrimas en los ojos.

Según la historia sobre el valor del presente, el herido le hizo una confesión. En realidad él era uno de sus más fieros enemigos. Se había enterado de que el emperador iba a ir solo hasta la casa del ermitaño y se había escondido para sorprenderlo y matarlo.

Sin embargo, los servidores del soberano lo habían atrapado y acuchillado. En la huída había llegado allí. El hombre lloraba porque había sido justo el emperador, su enemigo, quien le había salvado la vida. Prometió serle leal para siempre.


La moraleja de la historia sobre el valor del presente

Cuenta esta historia sobre el valor del presente que el emperador se sintió muy complacido por aquella reconciliación que, en realidad, no había buscado. Perdonó al hombre y le prometió darle unas tierras para él y su familia.

Pensó que el ermitaño no le iba a responder las preguntas, así que comenzó a prepararse para el regreso. Sin embargo, al momento de despedirse, el eremita le dijo: “Todas tus preguntas fueron contestadas”. El emperador quedó confundido.

Entonces el ermitaño se lo explicó. A la pregunta: “¿Cuál es el mejor momento para hacer una cosa?” el emperador había respondido con sus actos. “El mejor momento para hacer algo es ahora, cuando es necesario”. A la pregunta: “¿Quién es la persona fundamental en el trabajo?”, también los actos daban la respuesta: “Uno mismo”.

Y, finalmente, a la pregunta: “¿Qué es lo más importante de cada momento?” el mismo emperador había respondido con su comportamiento: “Ayudar y hacer felices a los demás”. El emperador comprendió, volvió al palacio, aplicando con éxito las respuestas encontradas.

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CD/YC

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